Varios años de mi vida, cada vez que he levantado la mirada hacia el horizonte, he encontrado una montaña muy característica del valle donde vivo: el Ilaló.
Para quienes hemos crecido a su alrededor, esta montaña ha sido un lugar de encuentros, de risas y de aventuras.
Yo la he visto siempre desde mi balcón y, con el tiempo, entendí que esa experiencia no es exclusiva de quienes vivimos en este valle, porque en cada rincón de Quito parece existir una montaña que nos acompaña.
No sé qué sería de Quito sin sus grandes montañas, que abrazan nuestra ciudad tan querida.
Por eso, si alguien alguna vez tiene que imaginar Quito, quiero que la imagine como una ciudad creciente, viva y llena de color, pero, sobre todo, siempre al lado de una amiga… la montaña.
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