Imaginar a Maracaibo es evocar una explosión de color. Su lago, puerta de América del Sur, nos regaló el milagro de la fe y nos une al país a través de su majestuoso puente. Maracaibo es una cultura de matices, flora vibrante, el bullicio de su gente y la memoria viva de sus carritos por puesto. Extravagante, soleada y calurosa; soñarla distinta sería despojarla de su esencia. Es única, con sus aciertos y sus grietas. Y aunque anhelo verla más limpia y cuidada, es la tierra luminosa que me vio nacer.

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