La obra nace del paisaje marino de Tomé y de la atmósfera que lo caracteriza, evocada a través de los tonos de sus atardeceres y de la calma que acompaña la contemplación del mar. La figura marina se funde con este entorno como una representación de la serenidad, la conexión con la naturaleza y el disfrute de la brisa costera. Entre sus formas y colores aparecen elementos propios del paisaje tomecino, como el chincol, el muelle y las algas marinas, que se entrelazan para construir una imagen inspirada en la identidad y la memoria del borde costero. La composición busca transmitir esa sensación de quietud y belleza que surge al detenerse frente al mar y contemplar cómo la luz y los colores de cada atardecer transforman el paisaje.

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