Cuando pensamos en una mejor ciudad, solemos imaginar lo que podemos construir: calles, edificios, espacios. Pero una ciudad también se construye con lo que no siempre se ve: los recuerdos, las personas y la manera en que nos hacemos sentir al habitarla. San Salvador es la calle que nos lleva a casa, el vendedor que encontramos cada día, las costumbres que heredamos y las personas con quienes compartimos la vida; y todo eso merece ser cuidado.
Por eso imagino una ciudad que abrace a quienes la habitan, un abrazo que nace de su gente y que guarda todo aquello que nos hace sentir que estamos en casa. Porque la mejor versión de una ciudad no es la que más cambia, sino la que nos permite sentir que pertenecemos.
Imaginar San Salvador es imaginar una ciudad que vuelva a sentirse nuestra.