Izalco camina porque su gente nunca ha dejado de hacerlo, entre santos, calles y volcanes, año tras año la fe y la tradición laten como lo hicieron una vez para aquellos pueblos pipiles. Detrás de cada cofradía hubo siempre una organización indígena que los españoles nunca lograron borrar. Impusieron el culto a los santos, pero la tradición sobrevivió. La Virgen de la Asunción y la abuela Tonantzin son una sola; los mayordomos heredaron la autoridad de El Común, el antiguo gobierno de la tierra, el agua y las cosechas. Los altares no son solo devoción, son memoria vestida de fiesta. Imaginar Izalco no es imaginar un pueblo que dejó sus raíces por completo, sino la mezcla de dos mundos.

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